Mucho
antes de que el pueblo mexicano la convirtiese en escudo al
indicarles el lugar para erigir su capital y que el taoismo acuñase
el yin y el yang, la eterna lucha entre el ser alado celestial y su
serpenteante antagonista surgido de las fauces del inexpugnable suelo
estaba presente en mitologías de todo el mundo. Desde el culto al
Zeus heleno frente a los ritos órficos y otras prácticas
oscurantistas hasta la interminable guerra entre Ra y Apep en
Egipto -sin olvidar las religiones monoteistas indoeuropeas con el
Espíritu Santo y la serpiente de El Paraíso-, la humanidad siempre
ha parecido mirar a los cielos en busca de esa luz salvadora que nos
da la bienvenida a la vida desde los vientres de nuestras madres, y a
los indescifrables secretos que esconde la tierra que nos da
sepultura como refugio de ese gran mal que busca arrastrarnos a los
abismos.
