En 1988, el director John
McTiernan convenció a Bruce Willis para viajar a Los Angeles,
con la intención de reunirse con su esposa y celebrar la Navidad en
el Nakatomi Plaza. Iba a ser una velada tranquila, pero en su lugar
fue una encerrona en la que McTiernan introdujo a 13 terroristas en
el edificio, cerrando las puertas a cal y canto para que Willis se
las tuviera que ingeniar para liberar a los rehénes sin más ayuda
que la de... Nada. Además de estar completamente desarmado, el
protagonista de El Último Boy Scout fue sorprendido en camiseta y
sin zapatos, encontrándose en una situación mucho más que precaria
desde la que hacer frente a los despiadados asaltantes equipados con
armas automáticas.
