Desde Zona Negativa a
Facebook, desde mi propia nota para Cultture hasta sus contactos más
cercanos, no hay web de tendencias lúdicas hoy que no esté empleando sus teclas para hablar de 'Mad Max: Furia en la
Carretera'. ¿La causa? Un nuevo trailer a mes y medio del
estreno, que -a pesar de ser el tercero- ha provocado que todos nos
volvamos locos y nuestras arterias bombeen sangre con la presión de
un bólido trucado. Algo tiene este héroe de naturaleza howardiana
que sustituye la espada y brujería por autos de choque y el
apocalipsis post-fosilista. Un nómada de las interminables planicies
australianas, cuyo pasado se pierde entre un desierto que lo envuelve
todo, y que en cada una de sus películas ha ejercido de espectador y
a la vez detonante de cambio en historias ajenas.
Sin apenas conexión
entre ellas más allá de un paisaje desolador y un protagonista
eternamente imperturbable, es prácticamente indiferente el orden con
el que veas cualquiera de las películas de Mad Max. Porque
como James Bond, El Hombre sin Nombre o Hércules, Rockatansky ni
siquiera es una persona real, sino una suerte de Conan contemporáno curtido entre gasolina y motor. Una
leyenda viva que solo sabe luchar, arrastrarse por la pasión y
sobrevivir, para luego continuar su camino mirando el mundo con la
melancolía del que se sabe atrapado en una dinamo eterna en la que
todo cambia para seguir igual.
No faltando ni la
crucifixión, su martirio, los despóticos señores de la guerra y
las doncellas en apuros, el hallazgo de George Miller fue crear una
figura heroica pura. Una tan poderosa e irresistible que no solo
resiste imperturbable al paso del tiempo, sino que no necesita de
trajes chillones ni pláticas rimbombántes para devolvernos a la
fascinación de la fogata en mitad de la noche, y hacernos sentir
como el mito cobra vida a velocidad con la que la adrenalina
acelera el pulso de nuestros latidos.
